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23 nov. 2011

El Rey León, el musical.

Hola a todos!!
Os dejo con un "teaser" de mi próximo post.

22 nov. 2011

La nada


La nada es lo vacío, lo oscuro, lo frío, lo gris, lo quizás nublado. La nada es la incógnita, lo desconocido, lo que hay más allá. La nada es mi pensamiento, mi delirio, mi soledad. La nada me aturde cuando se avalancha sobre mi cabeza, la nada es el polvo en el que nos convertimos, la duración de nuestra vida, los segundos que te escribo. La nada es un placer y una tristeza, un llanto y un anhelo, un verso y un olvido. La nada nos envuelve, nos transporta hacia otro mundo, nos agobia. La nada es la base sobre la que se extiende el universo, sobre la que se crea el ingenio, sobre la que nacen los seres. La nada puede ser lo inexistente, el objeto de la necesidad de un concepto, el realismo ingenuo o lo que no tiene importancia. Todo depende de ti.

13 nov. 2011

Medicina = autoestima


Medicina es una carrera en la que puedes encontrarte estudiantes de todo tipo, como en cualquier otro grado. Hay personas que están ahí por su notas, porque sus padres/abuelos son médicos, porque quieren "ganar pasta", y otros que, sencillamente, están ahí por vocación. Ni que mencionar tiene que aquellas personas que serán médicos de verdad serán estos últimos, los que de verdad la viven, los que intentan comprenderla y los que basan todos y cada uno de sus suspiros en estudiar y aprender este campo del saber que es la medicina.
Yo no puedo considerarme que esté en ninguno de estos grupos. Entré en medicina porque me pareció una carrera interesante, donde podía aprender cosas sobre el ser humano, y en consecuencia sobre mí misma, tanto en el campo de la morfología, de la dinámica y biomecánica, y de la fisiología del cuerpo… de la propia vida.
Lo cierto es que la gente a la que estoy conociendo me sorprende cada día más. Muchos se nota que acaban de empezar la etapa universitaria y pierden el tiempo en botellones y no sé qué otras cosas estúpidas de los jueves por la noche, cuando al día siguiente tenemos 6 horas de clase (o hasta 12h). Pero una pequeña cantidad de gente ha conseguido llamar mi atención de manera sobrecogedora. “Me preocupa la situación actual de la sanidad”, “quiero enfrentarme a la enfermedad”, “al fin y al cabo tenemos que aprender a ser médicos”, y “todo sea por el paciente” son algunas de las frases que he podido escuchar salir de sus gargantas. Pero no todo se acaba ahí. El entablar conversaciones con ellos en las prácticas y en las horas de convivencia me ha provisto de una imagen muy distinta de algunos de ellos. “Mi madre se murió hace 4 años”, me dijo un chico una vez, “un médico idiota no supo animarle a continuar y ella desistió. Quiero que esto nunca le vuelva a pasar a nadie”. Me conmovió aquello de manera asombrosa. Yo no tenía ninguna razón para estar allí. Yo no tenía los suficientes motivos como para haber alzado algo más la nota de corte con la que algunos infelices veían derrumbados sus sueños de ser médicos. Yo sólo quería aprender algo de ciencias interesante, a un nivel increíblemente complejo y fascinante, pero ya está. Yo no quería ser médico. Nadie de mi familia era médico, enfermera o trabajaba en un centro de salud. No conocía a nadie que me echara una mano y me animara a ello. “¿Qué hacía yo allí?”, llegué a preguntarme.
Pero después de algún tiempo entendí que yo no iba a acabar en un laboratorio de hospital trabajando con máquinas, que era la idea que tuve cuando escogí la carrera, sino que dedicaría mi tiempo a cuidar pacientes, a aquellos que no pueden valerse por sí mismos o necesitan de un experto que les diga a qué se debe su dolor, y les anime a seguir. Ahí estaré yo. Lo he visto claro. Siempre me gustó ayudar a los demás y ahora la vida me brinda la oportunidad de satisfacer mi entrega completa a aquello que deseo.
Cuando entré en la facultad de medicina, algo cambió dentro de mí. Siento que, a cada clase a la que asisto me hace sentir mejor, más esperanzada, más sorprendida, más hambrienta de conocimientos… más viva. No sé qué es lo que tiene esto, pero creo que puedo encontrar mi sitio aquí.

8 nov. 2011

El cartero siempre llama 100 veces.

Amanece, sonido de lluvia ligera. Completamente vestido, Fermín yace en la cama, mirando fijamente el techo. Después de un instante, Fermín se levanta lentamente y se direge al vestidor situado al muro opuesto. Sigue lloviendo y hace frío, coge la ropa de un día cualquiera de invierno y ya huele a café por todo el bloque.

Fermín tiene prisa, con la bufanda hasta las orejas, espera en el portal de su bloque a Pablo, el cartero, espera una potal de París, que llega ya con un mes de retraso y Pablo lleva un mes trayendo malas noticias y bailando el agua...

Aun así, Fermín siempre lleva esa sonrisa en la cara y le siguen las palabras de "La esperanza es lo último que se pierde Pablo", mientras abre el paraguas y se pierde calle abajo.
Pero cada vez le costaba más trabajo esperar...

Mientras caminaba, decide poner fín a la espera y ecribir él su propia postal para enviar a París. Cerro el paraguas, se paró en la primera librería que vio y compro una postal.
Lloviendo, se sento en un banco, con el paraguas apoyado en el banco y sin abrirlo saco un boligrafo de su bolsillo del pantalón, entre gostas de lluvía que difuminaban su tinta, escribió:

"Si París arde, yo me consumo también"

Lo metio en un buzón y Fermín comenzó a volver a dormir en pijama.

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