"Arromboidéese sobre el diván y disfrute de su filete frito sobre roca del Sáhara con extractos de moho amazónico, mientras lee posts de lo más interesantes"

16 ago. 2011

Quiero un perro

-Quiero un perro

La voz de Juan se escuchó por encima del murmullo de la familia. Los padres se volvieron hacia él y le lanzaron una mirada aterradora. Ya habían hablado de esto antes y estaba muy claro que era imposible tener un perro en el pequeño piso donde vivían.
La abuela Rosa le sonrió con cariño.
-Juan, ¿y por qué quieres tener un perro? ¿Lo sacarás todos los días? ¿Le comprarás la comida, el champú y las vacunas? ¿Le enseñarás a portarse bien?
Juan calló un momento, pensativo, y respondió con firmeza.
-Quiero alguien que me escuche cuando esté triste. Que me despierte con un lametón en la cara. Quiero poder pasear tranquilamente y disfrutar del parque. Quiero alguien que no se enfade nunca conmigo si saco malas notas, o si me porto mal. Quiero un verdadero amigo. Y si eso significa que tengo que hacer todo lo que has dicho, lo haré.
El padre meneó la cabeza negando la petición de su hijo.
-Un perro conlleva muchas responsabilidades. No es un ser humano, es un animal. Y en casa no hay sitio para él. Así que olvida el tema.
Se le saltaron las lágrimas. Juan sentía un nudo en la garganta y una sensación horrorosa dentro. Sus padres no querían su felicidad. Nunca había pedido nada. Ni cochecitos, ni consolas, ni siquiera un ordenador. Solo quería un perrito que estuviera con él cuando sus padres trabajaban, que se durmiera a su lado cuando la luz del pasillo se apagaba, que le diera alegría a su vida.
Se iba a volver a su cuarto cuando su hermano le puso la mano en el hombro.
Sergio era a veces tozudo, agresivo y problemático. Pero siempre había estado preocupado de su hermano. Él había conseguido escapar de la casa y se había ido a estudiar fuera para no tener que soportar las constantes discusiones de sus padres, y la soledad de ese pequeño hogar.
Había sido egoísta porque su hermano seguía allí, aguantando como un verdadero hombre todo lo que pasaba. Sonriendo e intentando seguir siendo un niño en una familia en la que los niños y los animales no estaban admitidos.
- Papá. Yo le voy a dar a Juan un perro. Si no se queda aquí, me lo llevaré a mi piso y Juan vendrá a verlo cuando quiera.
El padre con una sonrisa forzada pegó un puñetazo en la mesa, clavándose las uñas en la palma de la mano y haciendo chirriar los dientes.
- He dicho que no y es que no. Los perros son sucios, pestilentes, muerden y se cagan en todas partes. Tú no eres responsable para cuidar de un perro, no lo has hecho ni con tu hermano.
Sergio se enfureció.
- Yo he cambiado el pañal de mi hermano día y noche mientras tú te ibas a tus absurdas reuniones y mientras mamá se quedaba trabajando en la oficina. Le he dado de comer y lo he sacado al parque para que viera la luz del sol. Yo le he enseñado que debe seguir aunque el mundo se le caiga encima, caminando sobre los escombros y buscando un poquito de esperanza.
Yo he estado a su lado, abrazándole cuando tenía fiebre o se asustaba de vuestros gritos.
¿Sabes tú, acaso su color favorito? ¿Sabes que quiere ser de mayor? ¿Sabes si quiera cuáles son sus mejores amigos? No sabes de él nada, porque solo ves a un estúpido niño que solo sabe pedir, pedir y pedir.
El padre, retorcido en la silla se levantó de un salto y abofeteó a su hijo. Luego lo arrastró hacia dentro y tras unos cuantos ruidos sordos e insultos salió de nuevo.
Juan estaba impactado. No quería que le abofetearan a él también. Se rindió y se fue a su cuarto.
Antes de dormir dio unos golpecitos en la pared, esperando la respuesta de su hermano. Un gran golpe indicó que estaba en su cuarto. Muy bajito, Juan le dijo:
-Te quiero. Buenas noches. Ah, ¿me dejarás irme a vivir contigo cuando sea mayor?
Un silencio penetró en su corazón. Solo deseaba un si.
- Quizás, si estudias mucho. Descansa enano.
Juan se dio la vuelta y se tapó bien, como solía hacerlo Sergio. Esa noche no podía dormir.
Quizás si su madre le contara un cuento...pero su madre nunca lo había hecho.
Los últimos pensamientos antes de dormirse fueron hacia el perro...Ese perro grande y blanco que iba a tener, costase lo que costase, y al que iba a enseñar a morder a sus padres...hasta matarlos.

1 comentarios:

Ahi va! que sádico el final... pero me gusta el relato

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