"Arromboidéese sobre el diván y disfrute de su filete frito sobre roca del Sáhara con extractos de moho amazónico, mientras lee posts de lo más interesantes"

31 jul. 2011

*Para tí*

Era un bonito día de primavera, el sol nacía con resplandor llenando de gloría la superficie de la tierra. En las aguas rebotaban sus ondas de claridad que se difundían raudas por todos los recovecos de la ciudad. No había mucha gente por las calles, era temprano y aun había gente durmiendo un sábado por la mañana a esas horas.


Él paseaba por las calles de la ciudad buscando posada. Acababa de llegar y no sabía muy bien dónde encontrarla, al llegar le preguntó a una anciana pero esta no lo entendió ya que hablaban idiomas diferentes. Entró en un bar, dispuesto a preguntar cuanto hiciera falta para dejar de dar vueltas sin tener un lugar al que ir. No había gran cantidad de personas en el local, solo tres hombres en la parte izquierda, sentados en una mesa y con cartas dispuestas sobre ella para jugar al póker. Un hombre encogido sobre sí mismo en la barra aferraba una jarra vacía en la mano. Y una joven camarera, rubia y de prominentes curvas servía cerveza fría a un caballero recién llegado.


Se sentó en el primer asiento que vio libre en la barra, lo más alejado del pobre hombre borracho de la esquina. Al instante, se le acercó el camarero que secaba con un trapo blanco una jarra de cerveza.


-¿Qué se le ofrece?- Preguntó el camarero. Eaven no estaba seguro de que realmente hubiese escuchado bien, y esperó a que el camarero volviese a preguntar lo mismo. Cuando comprobó que en efecto había entendido lo que el camarero le preguntaba alzó la cabeza y pidió con voz calmada una gran jarra de $saИ. El camarero alzó una ceja extrañado y negó con la cabeza al tiempo que decía con seriedad que esa bebida no existía y que no podía darle semejante bebida inexistente.


Eaven suspiró y con voz gutural le dijo al camarero que dispensase lo que el viera oportuno. El camarero así lo hizo y vertió cerveza en la jarra que luego dejó frente a él. Nada más acercar la nariz al recipiente pudo darse cuenta que no se compararía ni un poco al sabor tan agraciado del $saИ, bebida única echa para los semidioses humanos. En efecto, él era uno de ellos.


Nadie sabía cómo habían sido creados los semidioses humanos, algunos decían que eran fruto de la unión de un dios con un mortal, o simplemente que eran dioses que cometieron actos impuros por los que parte de su divinidad pasó a ser simple y única mortalidad. No se sabía, pero realmente nadie preguntaba sobre ellos. Los semidioses humanos no abundaban mucho por la tierra, y aunque fueran semidioses no eran bien recibidos entre las gentes. Es por esto que los tres caballeros de la mesa que jugaban al póker detuvieron el juego y miraron al nuevo intruso con miradas acusadoras que delataban su total desprecio hacia su especie.


Pero él ya estaba acostumbrado y no hacía caso a las miradas ajenas. Aunque de repente notó como alguien posaba una mano en su hombro. La camarera rubia que vio antes sirviendo al hombre de la túnica burdeos le explicó que el caballero quería intercambiar unas palabras con él:- si fuera tan amable de acompañarme hasta la mesa. - La doncella hace una inclinación y guía al hombre a la mesa del caballero.


-Puede sentarse.- La voz del hombre hizo que Eaven se sintiera de nuevo en paz, como en casa. Pero eso era imposible, con recelo tomó asiento frente al desconocido.- No es frecuente ver a gente como usted por aquí. ¿Qué le trae por estas tierras?


-Sólo peregrino buscando el lugar al que pertenezco.- Explicó Eaven sin intención de dar más información.


-Entiendo. Entonces está por aquí solo de paso.- Asintió con la cabeza.- Perfecto, porque como habrás comprobado, aquí no gustan los forasteros. – Entonces el desconocido sonrió dejando relucir un diente de oro.- Es decir, no nos quieren ni a usted… -hizo una pausa mientras movía el dedo de la dirección que tenía anteriormente, apuntando directamente a Eaven, y dando un rodeo se apuntó a sí mismo.- … ni a mí. Así que le propongo algo, ¿desea que vayamos juntos hacía…? ¿Hacia dónde va usted señor…?


-Eaven, me llamo Eaven, y me dirijo al noroeste por las cumbres nórdicas.- Contestó desinteresadamente, lo que menos quería ahora era un acompañante.


-Perfecto, yo me dirijo hacia allí.- Eaven notó como el hombre cambió rápidamente su destino para tener una excusa para acompañarlo, eso sí tenía destino realmente, claro está. Cogió su jarra y se la llevó a la boca dejándola sin contenido. La bebida le quemaba la garganta e inmediatamente después quiso vomitarla pero se contuvo y abriendo la nariz, tragó una gran bocanada de aire para afrontar la bebida. Pasado unos segundos, respiró hondo y asintió con la cabeza.


-De acuerdo, puede acompañarme. Si me dice su nombre y lo que pretende, podrá venir conmigo.- Esto dejó al otro hombre confuso, ¿qué debía contarle exactamente a ese joven que podría ser su salvación? ¿La verdad? ¿Le mentía?... Optó por una decisión a medias.


-En una época no muy lejana, yo fui como usted, fui un semidiós humano. Ahora sólo quiero permanecer en su compañía para ver si puedo ayudarle en lo que se le ofrezca, como si de su lacayo se tratase. ¿Le parece bien?


El más joven sopesó la oferta, realmente se le hacía difícil cuidarse solo, ya que siempre había tenido sirvientes ocupados de sus cuidados, así pues no le vendría nada mal un poco de ayuda. Aunque, por alguna razón, no confiaba enteramente en lo que el otro hombre le había dicho. Lo escrutó con la mirada, pero el otro hombre se la devolvía muy sereno y no retiraba sus ojos de los de él. Finalmente asintió, y levantando una ceja le repitió- Aún no me ha dicho su nombre…


-Es Frëedeghar. Aunque usted puede llamarme Frëed.- Y sonriendo le extendió la mano sobre la mesa, Eaven la contempló pero no tardó en unir su brazo al de Frëed.- Ahora somos compañeros…


-Compañeros.- Repitió susurrando Eaven.




Ninguno de los dos hombres se percató de que en el lado opuesto de la taberna una sombra los contemplaba, prestando especial atención a la conversación. Cuando salieron del establecimiento, tampoco se dieron cuenta de que la sombra fue tras ellos, se aseguraría de no perderlos de vista.

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