"Arromboidéese sobre el diván y disfrute de su filete frito sobre roca del Sáhara con extractos de moho amazónico, mientras lee posts de lo más interesantes"

24 jul. 2011

¿Cambiar la realidad?

Sudoroso y angustiado  fue a la Playa del Águila. Los hermosísimos paisajes de aquella isla que le había visto creer, le ayudaban a evadirse desde que era pequeño. Intentó convencerse a sí mismo de la broma que su subconsciente le había gastado y volvió a recordar la pesadilla que le había despertado a las 5 de la mañana. Mejor no, pensó. Observaba la arena oscura y las rocas que sobresalían del agua. Luego intentó divisar el horizonte entre las brumas que dificultaban su contemplación. Creía verlo de nuevo… Apartó la vista. Era demasiado, el pánico inundaba su ser. La posibilidad estaba ahí, ¿por qué no iba a realizarse?  Era entonces cuando pensaba que su punto de vista científico le engañaba, le hacía creer en la probabilidad del hecho, en las numerosas pruebas que se podían argumentar a su favor, entre ellas el cambio climático.
John era todavía joven. De padre escocés y madre española,aún no alcanzaba los 45 años de edad, y ejercía como submarinista. Trabajaba investigando y analizando el fondo marino de la ciudad costera donde había nacido. Cursando sus estudios en La Laguna (Tenerife) había obtenido la mejor calificación de su generación y eligió volver a su ciudad, cuyos paisajes siempre añoraba volver a ver durante su estancia fuera.

Desde que era un crío le había gustado el mar. Nadar, bucear, intentar saltar las olas,… todo lo que haría cualquier niño que tuviera la oportunidad de estar cerca del agua. Pero también la mar le había enseñado que no todo era diversión. El carácter del agua brava ponía de manifiesto una furia incontenible, algo parecido a la cólera de un dios, pensaba John mientras observaba la violencia con que las olas rompían sobre las rocas de la orilla, como si estuvieran cargadas de odio y se ensañaran con los inocentes peñascos.
John también sentía un sentimiento protector respecto a la naturaleza muy fuerte, ya que Siempre le había preocupado la defensa de la naturaleza, que consideraba su hogar, y su protección frente a la acción humana, que en la mayoría de las ocasiones tachaba de innecesaria y dañina para el ecosistema. Hacía 5 años que las cosas no iban como debieran: las especies autóctonas de algas comenzaban a desaparecer debido al aumento de la temperatura media del agua y esto, junto a la enorme cantidad de desastres naturales que se habían producido, le hacían creer que los que se producirían serían cada vez más frecuentes y dañinos. “El ser humano ha menospreciado a la naturaleza, y ahora lo está pagando con todos”, se decía a sí mismo.
Obsesionado por el tema, no paraba de tener pesadillas. Hacía muy poco tiempo que un tsunami había arrasado la costa filipina, que a pesar de estar bastante lejos de donde vivía, le había conmocionado, y tras las impactantes escenas de la película dirigida por Eastwood “Más allá de la vida”, estaba obstinado en que su isla pudiera sufrir un acontecimiento similar. La angustia era tan firme que cuando miraba al horizonte sólo veía el espejismo de una gran ola que se aproximaba helándole la sangre y haciéndole apartar la mirada de la lejanía. Cada día que visitaba la Playa del Águila visionaba la misma alucinación, por lo que no podía pasar más de un rato sentado frente a las olas. Día tras día se sucedía la rutina, sin que ocurriera nada anormal, pero esto no le daba la tranquilidad que tanto deseaba. No tenía miedo a la muerte, tan sólo verdadero pavor al cambio, a que todo lo que él conocía desapareciera: su familia, sus amigos, su isla,… todo podría ser devastado en unos cuantos minutos.  Por eso, algo dentro de sí no le permitía olvidar el peligro y dejar de estar en alerta. La preocupación era tan agobiante y horrorosa que amenazaba con hacerle delirar. Tenía miedo del mar. De su mar. Del objeto de su trabajo. No podía aceptarlo pero sabía que era verdad, y le faltaba la valentía y el coraje para superarlo.
Ahora estoy aquí, encerrado. Me han diagnosticado neurosis con trastornos de código V (supongo que ellos entenderán el significado de tanta palabra…) y no me permiten salir ni ver a nadie mientras esté en fase depresiva (¿psicopatía maniaco depresiva? Quizás). Creen que estoy loco. Desde pequeño pensaba demasiado y creo que esta es la consecuencia de la deliberación y la recapacitación sobre los hechos. Mi abstracción de la realidad ha hecho que una nueva realidad se abra ante mí, mi realidad, un mundo creado por mí en el que mi subconsciente es  el máximo dirigente, burlándose de mí y de mi capacidad de vislumbrar lo real de la ilusión. Sí, creo que vivo en la apariencia, en la invención de mi artificio, en la simulación de mis ideales, en la fantasía de mi vida. El ser humano me ha convertido en esto. Sí, ya no me considero un hombre. Tan sólo soy un ente (¿viviente?), pero ya no sé si puedo afirmar si soy real o no. Soy otra consecuencia como lo que fue el cambio climático. La codicia por el poder y sus derivados me han convertido en lo que soy.
Confirmando mis sospechas, un tsunami hundió, arrasó y devastó la isla en la que vivía (no sé si se puede llamar suerte el que me trasladaran a este manicomio situado en el país vecino). Mis esfuerzos por aumentar la seguridad de las zonas de costa con nuevos inventos tecnológicos ideados por mi hermano mayor, ingeniero informático, no sirvieron para nada, los altos cargos se negaron a aceptarlos debida a la desmesurada deuda externa del país y la crisis que acontecía al mismo. No puedo decir más nada. Debido a mi ofuscación y mis delirios cada vez más frecuentes, la locura se hizo patente. Me convertí en un incomprendido social hasta la sinrazón, abandonado por todos, primero ideológicamente y luego físicamente cuando perecieron tras la catástrofe. Quizás este sea el futuro de quién lucha contra el entorno y decide cambiar la realidad.

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