"Arromboidéese sobre el diván y disfrute de su filete frito sobre roca del Sáhara con extractos de moho amazónico, mientras lee posts de lo más interesantes"

17 may. 2011

ULTIMAS PALABRAS (Primer premio "Luis de Góngora" del IES Luis de Góngora, Córdoba)

La pena de muerte por silla eléctrica actualmente está en desuso, pero sigue existiendo en varios estados como Texas, Alabama y Virginia. La última ejecución registrada en Texas fue el 22 de febrero del 2011, elevando así a 466 los ejecutados de esta manera.

Tragué saliva. Noté como esta bajaba por la garganta lentamente, temerosa de caer al abismo. Las correas estaban siendo apretadas por los ayudantes, que me miraban con lástima y compasión. El alcaide estaba llamando por teléfono. Aunque no podía verlo, ya que se encontraba detrás de mi, oía cómo giraba la ruedecilla del teléfono una y otra vez. Sentí algo húmedo en la cabeza. Una gota se derramó de la esponja y recorrió mi mejilla. Apenas logré recogerla con la lengua. Saboreé lo que me iba a matar en unos segundos. Degusté lentamente esa lágrima artificial, salada como el mar. Los recuerdos invadían mi mente. Iba a perder todo lo que había conocido durante toda mi vida. Iba a malgastar tantos años de enseñanza, tantas caricias, tantos besos...lo iba a vender todo por la incomprensión. Agité la cabeza intentando negarme a que me abrocharan el casco. Una sacudida me recordó que yo merecía eso y mucho más. Yo era una asesina. Un estorbo en esta sociedad.

El hierro frío me provocaba escalofríos que recorrían todo mi cuerpo. Era un amago de lo que iba a pasarme de un momento a otro. Miré hacia delante, donde había un cristal, y tras él unas cuantas personas que iban a asistir a mi muerte, como en los antiguos anfiteatros romanos. Vi a mi padre, llorando, sujetando el cuerpo destrozado de mi madre. Mi hermano estaba de pie, con sus manos apoyadas en el cristal, diciéndome que me quería. Al fondo distinguí a los padres de Brandom, que me miraban incrédulos, con odio y tristeza. Mis abuelos no habían venido. En el fondo me alegré, porque no podría haber soportado que me vieran así, pálida, asustada, y sin pelo. De pequeña mi abuela siempre me peinaba por las tardes. Se pasaba horas haciéndome trenzas y coletas, y antes de dormir me removía el pelo y me decía “más vale este oro que todo el oro del mundo”, y yo me reía y le besaba en la mejilla. Ahora mi oro estaba en la basura, sin nadie que lo cepillara. Una lágrima se escapó, y se deslizó por mi rostro, suicidándose en el naranja chillón de mi camiseta. Bajé la cara y lloré. Nunca más vería a mis padres discutir, ni llegaría a ver lo alto que se pondría mi hermano. No habría estrellas que mirar por las noches, ni sol al que agradecer el buen día. No habría arco iris, ni tardes en las heladerías. Solo me quedaba lo desconocido. Algo incoloro que indicaba el final de la vida. Las preguntas inundaban mi cabeza. ¿Existiría el cielo? ¿Me reencarnaría? ¿Estaría él esperándome? Unos pasos firmes comenzaron a golpear el suelo, como soldados huecos que marcaban el paso del tiempo. Apareció una mano con un micrófono. Una frase, “Últimas palabras”, rompió el silencio. Respiré hondo. Tenía tanto que decir. Que los amaba a todos, que eran todo cuanto quería en este mundo. Que siguieran adelante, sin mirar atrás, y que no pensaran en lo que hice mal, sino en cómo era con ellos cada día. Que sacaran a pasear a Dana todos los días por el parquecito de detrás de la farmacia. Que recordaran y sonrieran, porque aunque no me volverían a ver, siempre viviría en sus recuerdos. Los amaba tanto. Pero no iba a decir eso, porque eso lo podían leer en mis ojos. Así que me aclaré la voz y como si fuera el suave roce de las hojas de los árboles comencé a hablar. “La última vez que hablé con Brandom me dijo que la muerte no era el fin de la vida, sino el comienzo de algo nuevo. Que al morir, siempre se tenía que sonreír y acordarse de los mejores momentos, para llegar feliz al siguiente escalón. Mis mejores recuerdos están con él. En particular, recuerdo aquella tarde en la que acepté que nunca recibiría ningún regalo de él, ni siquiera unas flores por San Valentín, pues Brandom no creía en el amor material. Y lo acepté porque para mí era mil veces más valiosa su mirada que cualquier joya o flor. Lo amaba,y hoy me atrevo a decir que lo amo. Fueron mis manos las que acabaron con su vida, pero su vida estaba esclavizada. Él buscaba desesperadamente la libertad. Yo solo hice lo que él me pidió. Y hoy Brandom compartirá su libertad conmigo. Por último, quisiera decir algo que me hizo prometer una compañera de celda. Me dijo que en cada ejecución le decimos al mundo que no hay segundas oportunidades a los ojos de la justicia, le decimos a nuestros hijos que en algunos casos, matar está bien. Buenas noches, y sonreíd, porque yo no me arrepiento de nada, y soy feliz.” Cerré mi boca y lancé una última mirada al cristal justo antes de que me taparan la cara con una tela. Deseaba que fuera rápido, que no doliera, y que no me pasara lo que le pasó a Willie Francis en 1946. Dentro de nada abandonaría este mundo. Y quizás dejaría de pensar. Pero ahora, en ese instante, pensaba, y pensaba en el último beso que habían saboreado mis labios. Un beso dulce y amargo, como la muerte.

2 comentarios:

Increible cande, eso es ganar con clase.
Me e-n-c-a-n-t-a

Elena :)

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