"Arromboidéese sobre el diván y disfrute de su filete frito sobre roca del Sáhara con extractos de moho amazónico, mientras lee posts de lo más interesantes"

4 ene. 2011

Martin

Con cuidado, Martin abrió los ojos. Una inmensa luz entraba por la ventana abierta, y las cortinas bailaban con el viento como acompañante y los pájaros como orquesta.
A su lado esta sentado Dan. Estaba dormido, con la boca medio abierta, apoyado en el respaldo de un viejo sillón forrado de la habitación. Su mano descansaba sobre la de Martin y, de vez en cuando, como si a su mente viniera el recuerdo de su tierno amigo, apretaba la mano del enfermo, para luego liberarla otra vez.
Martin se estaba muriendo. Le faltaban muy pocas horas de vida, y las pasaba observando el polvo de los rayos del sol. Recordaba, al ver los pizcos desaparecer tras el cristal, la visita de su hermana Luisa, a la que amaba en silencio.
Ella no le había perdonado su abandono, pues Martin la había dejado muchos años atrás en manos de una familia acomodada, para poder ir al extranjero a buscar trabajo.
En una ocasión, ambos hermanos se encontraron en la salida de un cine. Martin estaba viviendo en París por una temporada, y Luisa había ido de vacaciones.
Martín, apenas la reconoció, salió corriendo para abrazarla. Ella le abofeteó, apartó la mirada, y dijo"los fantasmas no me gustan".
Desde ese día, Martin no volvió a ver a su hermana, hasta la tarde anterior, cuando la vio asomarse por la puerta.
Luisa entró despacio y se sentó en el sillón donde ahora descansaba Dan. Miró a su hermano sin cambiar un solo gesto de su rostro. Así transcurrieron infinidad de minutos, hasta que Martin se atrevió a hablar.
-Luisa, me muero.-esperaba una muestra de compasión, un gesto de amor...pero ella seguía impasible.
-Lo sé. ¿quieres algo?-Martin pensó durante unos instantes, sin saber bien a qué se refería. Tras esa indecisión, miró a su hermana y le sonrió.
-Quiero que solucionemos las cosas antes de que me vaya.
Los ojos de Luisa centellearon. Un suspiro casi inaudible se escapó de su garganta y se extinguió en las blancas paredes del hospital. Sólo fue un instante, pues ella recuperó la compostura, con una pequeña diferencia, dibujó en su cara una sonrisa.
-No. Las quieres solucionar por temor, no por arrepentimiento. No quieres dejar cabos sueltos, pero no es porque quieras solucionarlo...es porque temes lo que te espera. No quiero perdonarte, ni espero que tú me perdones a mí. No quiero que llores ni pretendo llorar. Sólo vine para estar a tu lado, para poder memorizarte una vez más.
Martin se incorporó y sin avisar abrazó a Luisa. Notó sus costillas, sus latidos, su respiración.
Lentamente se separó y le sonrió.
-yo también te quiero.



Si, Martin era feliz. Dan empezó a bostezar y soltó su mano. Pero Martin ya no sentía el frío que recorría sus dedos. No sentía las palabras de su amigo, no sentía el pitido de las máquinas ni el alboroto de las enfermeras. Su mente viajaba más allá de las cortinas bailarinas, más allá del polvo suspendido en los rayos del sol, más allá de la sinfonía de los pájaros. Más allá de los confines del universo. Martin, había vuelto a casa, donde su pequeña hermana le tiraba de los rizos para despertarle, y sus padres reían desde su cuarto. Donde el olor a pino quemado recorría la casa desde la chimenea, y el calor del amor y la familia hacían que cualquier día, fuera único.

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