"Arromboidéese sobre el diván y disfrute de su filete frito sobre roca del Sáhara con extractos de moho amazónico, mientras lee posts de lo más interesantes"

31 ene. 2011

Crestas y valles- Por Zalgo Death Mantis.

Y luego, hubo silencio.

Comenzó a entrever formas y colores que diferían del blanco nuclear que segundos atrás –segundos bajo su punto de vista- había observado.

Eso tuvo un alto precio a pagar. Dejó de oír para poder ver.
Vislumbraba una autopista de tres carriles por cada sentido, mar a su derecha y un alto volcán justo enfrente. Un aire cálido rozaba sus mejillas y coagulaba la sangre imaginaria que goteaba desde sus maseteros.

Seguía estando sentada, pero flotando suavemente a más de 750 metros de altura, sintiendo como el sol percutía su piel bajo una mullida manta de fotones que la golpeaba a 1.080.000.000 km/h

Comenzó a oír de nuevo, empezando por una suave brisa y el murmullo silenciado del mar, así que se preguntó de qué estaría privada en este nuevo caso.
Su respuesta vino en forma de caída libre, acelerándose a 9.81 m/s^2, llegando al suelo a casi 300 km/h.
Mientras caía, su mente se dedicó a calcular que los fotones de la luz del sol la golpearían a 1079.999.700 km/h, pero la física teórica sobrevino a su memoria, haciéndola recapacitar y recordar que la luz se mueve a c (300.000 km/s) bajo cualquier circunstancia de observación.

Tras ese inciso, su cuerpo impactó contra el duro asfalto de aquella autopista que vio desde la altura.

Vuelta a empezar. O no.

Trató de levantarse, y lo consiguió sin esfuerzo. Se asombró al ver el cráter que había dejado en la tierra. Pasó revisión a su cuerpo y místicamente estaba todo intacto, como si nada hubiese ocurrido.

Escuchó unos pasos metálicos y pesados a su espalda, como si una grúa fuese corriendo para ella. Su peor pesadilla ahora era una realidad.

Un meca (robot mecánico con procesadores orgánicos de positrones) de demolición iba a por ella para acabar con su vida sin piedad. Inconscientemente puso los brazos delante en cruz para defenderse.

3 segundos para el impacto… 2… 1…




Menos 1,602 por diez elevado a menos diecinueve. 9,1 por diez elevado a menos treinta y uno.

El meca, yendo a más de 45 km/h le propinó un severo puñetazo en los brazos con una de sus bolas de demolición propulsadas por células de combustible sólido e hizo que saliera despedida hacia el volcán.
Casi 7 segundos de vuelo rasante, reventando todo lo que estaba a su paso.
No sintió dolor, ni siquiera el espaldarazo que pegó contra una de las faldas que formaban la parte baja de ese alto monumento natural, de más de 3.700 m. de altura, a más de 150 m/s

El simple hecho de pensar en que podría recibir otro ataque hizo que delante de ella apareciese una katana de una aleación de acero y titanio, con el filo embadurnado en sangre.

Siguiente impacto en 3… 2… 1…

En su cerebro comenzó a crearse la acción química que desencadenaría en milésimas de segundo el impulso eléctrico que mandaría la orden de contracción del bíceps para hacer que la katana intentara cortar, rebanar, eviscerar a aquella mole mecánica que emitía un ensordecedor ruido metálico. O no.

Y de repente, se vio de nuevo en medio de ninguna parte, en Blanco Nuclear.
Ahora le dolían un poco los brazos y tenía el costado derecho un tanto dolorido, pero apenas era sensible.
Vino a su mente de nuevo aquél olor que tuvo antes de su peripecia cibernética. Limón, naranja, lima, grosella, pino, fresas y jazmín en perfecta armonía, curando sus heridas.
Por unos instantes, al abrir los ojos y alzar las manos al cielo, presenció un fallout artificial, hecho exclusivamente para ella.

Neutrones que durante 12 minutos lloverán en forma líquida, irradiándolo todo con una cantidad brutal de Curies.

Con una impasividad pasmosa, disfrutó segundo a segundo de ese espectáculo del cual ningún humano sale vivo.

Pasaron los 885 segundos… y comenzó a llover arenisca, pero de un color extraño, de un material que nunca había visto antes.
Llovían protones. Recordó el título de un artículo que Isaac Asimov escribió acerca de los protones. “Y tras muchos veranos, el protón muere”

Simplemente vio ante sus ojos como un protón, la partícula subatómica más estable, iba envejeciendo.
Para hacernos una idea, si la vida del universo fuera de 1 segundo, un protón viviría 1.6 billones de milenios. Aproximadamente, un protón vive 100.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 segundos. Y ella fue testigo de ese acto de magnificencia, de insignificancia humana, de alzamiento teológico. Comenzó a cuestionarse si podría haberse convertido en un ser superior en el momento de haber aparecido en Blanco Nuclear, hacía un rato –al menos según su criterio- de no más de media hora. Y posiblemente alguien pudiera darle la respuesta…
Y el ingeniero se pronunció, rompiendo el silencio.

-Sé lo que sientes- Dijo un hombre elegante, de porte gallardo, vestido de blanco y matizado con una corbata verde pistacho recién aparecido de la nada.
-No tengo sentimientos- Respondió ella tras unos segundos un tanto tensos –Así que desaparece de mi vista.
Cumplióse su voluntad, y después de unos minutos un tanto aburridos sin nada que hacer o sin tener nada en lo que pensar, se entretuvo imaginando la profesión del hombre que la visitó antes.

Sin saber nada de su vida, comenzó a darle forma.
Comenzó por imaginar un nombre. Parecía de ascendencia británica, como un lord muy caballeroso. Su nombre sería Joshua. Josh para sus amigos.
Estudió en las más altas escuelas obteniendo siempre unos resultados académicos espectacularmente fructíferos.
Su familia hubiera deseado tener un médico entre sus profesionales, pero Josh acabó siendo la oveja negra y se convirtió en pizzero. Tras un aparatoso accidente a lomos de su ciclomotor, su cerebro perdió la conexión entre ambos hemisferios.
En ese momento, quedó en coma. Su mente estaba ausente, en su propio mundo mientras su dueño luchaba por sobrevivir un día más en el hospital.

En uno de los muchos movimientos involuntarios que presentan los comatosos, pronunció sus últimas palabras antes de morir a la tierna edad de 28 años. “Nunca dejé de ser… ingeniero de sueños”. En ese momento saltaron las alarmas y su habitación del hospital, la 1314, se llenó de enfermeros, cirujanos y comenzaron a intentar reanimarlo.

En ese instante, de nuevo en Blanco Nuclear, comenzaba a hacer algo de frío. Mas no importa; el dulce aroma de la soledad hacía que ella, la única habitante de Blanco Nuclear estuviera a gusto.

En sus entrañas había algo que le decía a gritos que necesitaba recordar la verdad. Todo estaba en su mente, medio ordenado, medio desordenado. Si es que realmente tenía neuronas en su cerebro, en ellas debía estar la respuesta que necesitaba saber para poder escapar de aquél apacible- aunque al mismo tiempo siniestro- lugar.

En su cabeza habían varias funciones matemáticas, que al derivarlas daban una parábola perfectamente definida en todo el conjunto de números reales.











Y el universo no era más que una gota en un cristal…

Poco a poco, sin darse cuenta, se fue quedando dormida plácidamente en una posición similar a la primera que tuvo en Blanco Nuclear; solamente un poco más reclinada contra una pared.

Soñó que era piloto de rallies, profesora de acupuntura, campeona de natación y madre de un carnero mutante venido del espacio.
No obstante, tuvo un descanso reparador, pleno como pocos.

Un espasmo repentino desencadenó una serie de estornudos e hizo que a cada repetición del movimiento involuntario, Blanco Nuclear fuera mutando, de forma inesperada.

Sin desearlo ni esperarlo se vio enjaulada en una cárcel de cristal, que a cada instante se iba haciendo más estrecha, más angosta y dificultando la respiración, agobiando a su prisionera en cuerpo y alma.

Volvió a estornudar cuando quedaban escasos segundos para morir aplastada por la jaula.
Salvada por los pelos. Apareció lejos de allí, en un sitio que parecía ser familiar.

Y sólo pudo ver como un chico luchaba a muerte en la ladera de un volcán contra un meca de demolición con sistemas de camuflaje activo

La inteligencia del humano contra la precisión de la máquina; golpe a golpe las fuerzas del ingenio mecánico iban medrando. Impacto a impacto, el valiente joven iba desvaneciéndose.

-¡Basta! –Gritó desesperada nuestra protagonista, viendo que si no hacía algo el meca acabaría despedazando al chico; haciendo que instantáneamente el meca se convirtiera en un recuerdo en la mente de muy pocos.
Corrió hasta la posición del joven al que acababa de salvar con su grito, con su desesperanza ciega; él yacía en el suelo, y mientras ella se acercaba, él se incorporó.

Se miraron a los ojos, y podría decirse que entre ellos el tiempo no existía. Pasaron los minutos y mientras ella se ahogaba en sus profundos y vidriosos ojos azules, él la rescataba mirando tiernamente a través de su enrojecida esclerótica.

No llegaron a tocarse; no hizo falta ni fue necesario. Como una hoja que cae del árbol en otoño y te roza la espalda con suavidad, así desapareció él. Sin abrir la boca, ambos supieron dónde volverían a verse.
Solamente existía un problema: no sabía volver a Blanco Nuclear.

La desidia reinaba en su corazón, deseando volver al punto de partida, conocer a su protegido, poder verlo de cerca…
De repente dejó de escuchar el suave vaivén que proporcionaban la relativa cercanía a las olas del mar.

Saltó rápidamente a ver si alcanzaba a vislumbrar el motivo del repentino ensordecimiento del océano. Pero más grande fue su sorpresa al comprobar que podía volar.

Volvemos a intercambiar sentidos por habilidades, volvemos a vernos.


Eppur si muove.

Decidida a volver a donde le corresponde, alzó el vuelo lo más rápido que pudo, haciendo que la isla donde se libró la pelea con el meca se quedara minúscula desde su punto de vista.

Con una sonrisa en la mitad de los labios, confesando la seguridad irracional en su plan, se dejó caer a merced de la gravedad. Sintiendo la humedad en su fina tez al atravesar las nubes.

Llegó a la velocidad crítica de 315 km/h, así que decidió utilizar su habilidad de vuelo para acelerarse más y más. En unos segundos notó a su alrededor cómo superaba la velocidad del sonido, para seguir acelerándose durante los 4 km restantes de camino.

Llegó al suelo a 3.861 km/h. No era consciente de lo que hacía; sólo obedecía a su corazón, aunque muchas veces dudaba de que tuviera uno de esos…

La fina capa de polvo que estaba a ras del suelo comenzó a abrirse, dejando paso al cuerpo acelerado. Las capas más externas de su epidermis comenzaron a evaporarse, comenzando así una deceleración que detendría su cuerpo en no más de varias décimas de segundo.

Su blanca tez entró en contacto con el suelo, su mandíbula estalló, su piel se hizo jirones, su masetero se deshizo. Su cara estaba demacrada.

Sin ser consciente de todos esos detalles, golpeó el suelo haciendo un monumental cráter y levantando una columna de polvo, sangre, tierra y huesos de varios metros de altura.

Fin del juego. O no.

Abrió los ojos lo más rápido que pudo, y vio confirmado su regreso a Blanco Nuclear. Mirando al frente, al infinito, a la asíntota de su línea de visión no consiguió ver a aquél chico.

Estaba desolada. O no.

Su piel se tornó fría, como de gallina. Sintió un dedo acariciando su cuello y sin pensarlo se dio la vuelta. Unos infinitos ojos azules la miraban escudados tras una alfombra de lágrimas.

Sin mediar palabras, se fundieron en un beso ilimitado, dulce, pasional, con litros de sustain y toneladas de ganancia.

-Siempre seremos uno –Dijo el chico mirando la cara devastada de nuestra protagonista.

Una intensa luz nació entre sus caras. Cada vez más intensa, entrando en sus mentes, absorbiendo sus recuerdos, haciéndolos uno por siempre, en un acto de amor desmesurado.

Después de esto…

Blanco… Blanco súbito a su alrededor. Un blanco nuclear, de esos que te deslumbran a pesar de que entrecierres los ojos para usarlos a modo de filtro…
Fin… CAN CAN CAN WIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIUUUUUUUUUUUUUUUU

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