"Arromboidéese sobre el diván y disfrute de su filete frito sobre roca del Sáhara con extractos de moho amazónico, mientras lee posts de lo más interesantes"

5 dic. 2010

Anónimo

Dormir bajo los árboles centenarios de hondas y gruesas raíces era uno de mis sueños. Sentir la caricia de la luz que se colaba por las grandes hojas...mecidas por el viento. Mis pies tocaban el barro, y me recordaban a la arena mojada que hay delante de las olas constantes del mar.
El reloj de nuestro mundo enamorado de la luna. ¿Por qué compararán la luna con los quesos? Es más oro blanco, polvo de hielo, harina sin amasar. [...]
Hace tiempo empecé a escribir una carta. En ella plasmaba mi visión del mundo.
Hablaba de los árboles centenarios de hondas y gruesas raíces, de las olas constantes del mar.
Era una carta libre. No tenía fecha, no tenía nombres...sólo era una descripción de mi vida.
Cada día empezaba de una forma diferente... “tras las sombras de aquellas rocas agrietadas” “su pelo largo y nudoso le caía por la espalda desnuda, tapando sus huesos marcados, y su blanca piel”
Cuanto más tiempo pasaba delante del papel, la carta más grande se hacía. No había motivo para escribirla, tampoco había destinatario, por aquel entonces no te conocía.
Las palabras dejaron de ser libres y espontáneas. Sin darme cuenta tú empezaste a formar parte de mi carta. Al principio sólo eras una idea más. Luego, fuiste el eterno guardián de mis secretos. Los árboles dejaron de mecerse. Las olas rompieron contra las rocas y no volvieron a nacer.
Redacté en ella cada segundo que pasé a tu lado. Cómo era tu sonrisa, perfilada sobre mármol. Aquellos ojos fríos y cálidos, de color indefinido. Describí tu forma de andar, tus pensamientos, tus gestos, tus miedos. Ya no era mi carta...era simplemente una observación. Enfadado porque mi obra se había convertido en tuya, guardé los folios y dejé de escribir. Unos meses más tarde, reorganizando mi dormitorio, volví a encontrarla. Leí cada frase, saboreé cada momento, reviví todo el tiempo que había quedado prisionero en aquellas hojas abandonadas. Y te recordé.
Memoricé tu rostro, tu aroma, tu sencillez hasta tal punto de tenerte detrás y saber que eras tú. Cerrar los ojos y soñar contigo. La carta me devolvió algo que había echado en falta. Los latidos de mi corazón. Sin darme cuenta me había ido enamorando de tu olor, de tus risas escandalosas, de tu dulce y firme voz. De tus tacones altos, de tus faldas cortas, de tus vestidos de encaje, y de tus sudaderas anchas y rotas. Caí de la ignorancia y de repente desperté. No vivía por mí, sino por ti. Y sabía que si moría sería por ti, intentando hacerte feliz.
Estarás leyendo esto sin entender nada, pero nunca se me dio bien escribir para otros. Cuando escribía mi carta, la escribía sin tinta...solo eran las hojas blancas las que hablaban de mis sueños, y yo su único lector. Eran libres, y ahí entenderás la palabra libertad. Las hojas no hablaban de nada...y de todo a la vez. Cada día, cambiaban de tema, de contexto, de historia. Hacían llorar, reír o te enamoraban a base de poemas y dulces sonidos. Pero llegaste tú.
Y por primera vez cogí un lápiz y manché las hojas. Primero trazos finos y lentos, luego una caligrafía rápida y agitada.
Te preguntarás el porqué te escribo. Porque te escribo a ti, y lo hago para no morirme sin que sepas que fui tu sombra. Yo fui quien dejó una bolsa de pan en el parque, para que se lo dieras a las palomas, y verte entre tanto blanco, y tu sonrisa blanca. Fui yo quien dejaba las flores en tu portal, las cuales recogías y depositabas en un jarrón en frente de tu cama.
Yo te cosí el vestido que habías roto volviendo de madrugada, y te preparé un desayuno y lo dejé encima de las sábanas. Cuando llorabas, ¿no encontrabas siempre pañuelos a tu lado? Era yo, que te los mandaba, para que secaras esas lágrimas de tu hermosa cara.
En vida, no tuve el valor de darte esta carta. Tampoco muerto tengo valor, y aunque lo tuviera, dudo mucho que pudiera levantarme e irme hacia la puerta de tu casa. Pero, si alguna vez he de levantarme, será para besar esos labios y ver esa mirada. Y pasar lo que quede de mi vida acurrucándote entre mis brazos, con la espalda en el cabecero apoyada.
No te causaré lágrimas, nunca me conociste. Es una capacidad que me asombra de las personas, la ignorancia. Agradezco en parte el no haberte dirigido la palabra, al menos cuando estaba frente a ti. Pero si esta carta consigue que recuerdes todos los momentos inexplicables de tu vida, los que creías momentos de magia, ha conseguido más de lo que yo esperaba.
Puede que hasta creas en mi como otros creen en las hadas. Y por las noches, te asomes a la ventana, mirando al cielo, sin buscar realmente nada. Y me hables, y me susurres, y me sonrías y me partas en dos el corazón muerto. ¿quién sabe si me convertiré en estrella? ¿si llegaré al cielo?
Sólo quiero convertirme en sombra, en vestido de encaje, en sombrero. Quiero ser sábana de seda, o flores marchitas encerradas en un florero. Pañuelos inútiles con restos de lágrimas que antaño dolieron.
¿me permitirás ser el aire que respires en la próxima bocanada?¿dejarás que acaricie tu piel como el viento acaricia la madrugada?
Porque no sé a donde iré, pero sé por qué he vivido. Y no ha sido por otra cosa que por ti, por verte cada día con una sonrisa, la que he sentido dentro de mi.
Vive tu vida de tal manera que aprecies cada segundo respirado, cada instante consumido. Recuerda todas las cosas que hayan arrancado un suspiro de tu ser, un latido incontrolable de tu corazón.
No malgastes las palabras, úsalas y si es preciso inventa nuevas que respondan a tus intereses. Disfruta de las arrugas, de la curva de la felicidad, de la nieve blanquecina que cae sobre ti.
Pero sobretodo, vuélvete a enamorar. De cada lugar, de cada hombre y mujer, de cada emoción, de cada pensamiento, de cada libro. Enamórate y ama, ama hasta le fin de tus días, para que sepas cómo fue mi vida...queriéndote hasta el último gramo de mi ser.
Las despedidas son agrias y difíciles, incómodas e innecesarias. Simplemente, por las noches busca las estrellas, y allá, allá encontrarás mi voz enmudecida por la distancia. Cierra los ojos y deja que los sonidos de la ciudad te venzan. Y allí, hallarás mi alma.
Mandarte un beso escrito, inútil ya que no es sentido. Pero mis labios, mi mente, mi amor, solo tuyo.
Que el polvo que soy, se resbale y vaya al mar, y al aire, y descanse en tierra. Que del aire me respires y me expulses, que del mar me bebas.
Y el roce de tus yemas con este papel sea sobre mi espalda un escalofrío, capaz de erizarme la piel, capaz de convertirme en vivo.
Desde mi cielo escribo, sobre las nubes las historias más tiernas, para que el día en el que aprendas a leer con el alma, leas, leas, leas....


anónimo

2 comentarios:

esta es la carta que me dijiste? es preciosa tía, increiblemente dulce y sumamente conseguida =) enhorabuena por el escrito^^

gracias^^la tenía desde hace tiempo...pero no la publiqué..se me pasaríaXDD

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