"Arromboidéese sobre el diván y disfrute de su filete frito sobre roca del Sáhara con extractos de moho amazónico, mientras lee posts de lo más interesantes"

1 oct. 2010

Prólogo de Bajo el Umbral - by Dani

Sé que me vais a cortar el pescuezo pero como me concto últimamente menos aprovecho el poco tiempo que me deja esta rutina de los tiempos que corren para traeros el prólogo de mi libro, Bajo el Umbral. Si os gusta pos iré poniendo capítulos de vez en cuando. Enga un abrazo espero que os guste y... hasta la próxima luna llena.


Córdoba/Alcolea – 1936

-¡Se ha escapado! ¡Se ha escapado!

Los gritos de alarma del enfermero resonaban por los pasillos del psiquiátrico como el eco en una cueva. Era media noche y el enfermero vestido con su uniforme blanco corría por el pasillo principal del hospital en dirección al mostrador de recepción de la planta donde otro compañero estaba ya de pie, alertado por los gritos de su compañero de turno. Cuando llegó a la altura del mostrador se dejó apoyar sobre este con las dos manos y jadeando por la carrera se quedó unos segundos recuperando el aliento.

- ¿¡Qué ocurre!? – le preguntó el hombre que estaba detrás del mostrador con una cara de inquietud.
- ¡El interno 66 no está! ¡Ha escapado!

La cara el enfermero estaba blanca, como quien ha visto algo que prefería que se hubiera quedado en la mas oscura de sus pesadillas.

- Cuando he mirado en su habitación no estaba allí y en su lugar... – el enfermero tomó aire y miró fijamente a su compañero.- ¡En su lugar había otro de los internos con el cuello rebanado!

Los ojos de los dos enfermeros se abrieron como platos y el sudor que les caía por la frente les parecía tan frío como el hielo. Tras unos segundos dieron la alarma y todas las luces del pabellón y los edificios anexos iluminaron la noche, pero de poco serviría ya. Una figura oscura se encontraba ya caminando a paso ligero por la carretera en dirección a Córdoba mientras a lo lejos se oía el estruendo que se había formado en el psiquiátrico.

Al cabo de unas horas, en un cortijo llamado Cortijo Jiménez, situado a las afueras de la ciudad a escasos diez kilómetros de Alcolea y a tres de la capital cordobesa nada parecía interrumpir la tranquilidad nocturna que bañaba la finca y sus alrededores. De pronto los dos pastores alemanes que guardaban el cortijo comenzaron a ladrar estrepitosamente. La finca tenía un camino de entrada que iba desde la carretera hasta la puerta del caserón familiar al cual se le adosaban a su parte trasera los corrales. La noche se cernía oscura y sin una sola nube que amenazara tormenta. Un viento frío soplaba por toda la hacienda zarandeando las ramas de los álamos que había delante de la fachada del caserón. Dentro de la casa todo estaba a oscuras cuando desde la puerta principal se vio una luz tenue avanzar hacia la calle. Era el padre de familia que alertado por los ladridos de los dos canes salió, vela en mano y con la escopeta de caza en la otra, a ver el motivo de los ladridos. El hombre de tez tosca y brazos fuertes dio unos pasos al débil resplandor de la llama. Cuando los dos perros se acercaron al hombre éste pareció apreciar a la agonizante luz del cirio que del hocico de uno de los animales colgaba lo que parecía ser un jirón de ropa rasgada. El hombre no le dio importancia y girando sobre sus pasos, escrutó la oscuridad con sus ojos negros como el azabache pero al no encontrar nada que levantara su sospecha decidió volver a entrar en el caserón. El hombre atravesó el pasillo y se dirigió hacia la cocina para beber un vaso de agua, mientras en el exterior los dos perros comenzaron de nuevo con su particular concierto de ladridos. Pero al cabo de unos instantes pararon de golpe. Alumbrando el corredor con la débil luz volvió a su dormitorio situado en la parte trasera del caserón, relativamente próximo a los corrales y de la puerta trasera que daba al patio donde éstos de encontraban. Cuando el hombre llegó al umbral de la puerta de su habitación pudo ver como su mujer yacía sobre la cama de matrimonio boca arriba y tapada hasta la cabeza por las sábanas blancas, amarillentas a la luz de la vela. Se acercó hasta ella lentamente y mientras sujetaba con su mano izquierda el candil avanzó con su otra mano temblorosa hasta coger las sábanas que cubrían el rostro de su esposa y apartarlas hacia abajo con un solo y rápido movimiento. Su rostro se tornó mas que asombrado. Vio con total claridad el rostro de su mujer con los ojos muy abiertos mirando hacia el techo, la boca entre abierta dibujando un grito mudo y en su pecho una gran herida sangrante de la que le manaba sangre. El marido al ver tan macabra escena dio unos pasos hacia atrás dejando caer la vela al suelo, apagándose ésta en el momento e iluminando con un rápido haz de luz el filo de unas tijeras de sastre en el cuello del hombre y la cara de éste al sentir su cuello degollado, brotando sangre y vida.
En otra de las habitaciones del corredor del caserón dormían ajenos a todo hecho la abuela con su nieto y su nieta.

- Adela – susurró la abuela a su nieta- Tengo sed. ¿Puedes ir a la cocina a por un vaso de agua hija?

La nieta de unos nueve años se levantó de su camastro y fue andando a oscuras hasta la cocina. Pasaron alrededor de veinte minutos y Adela no regresaba. La anciana llamó a su otro nieto, este de unos once años, y fueron a buscarla a la cocina. Cuando llegaron cuatro velas sobre la mesa de madera del centro de la cocina iluminaban la estancia. En el suelo, la sangre se mezclaba con el pelo de la niña atravesada por un cuchillo carnicero, y detrás de las velas un hombre sentado en una silla y medio encorvado hacia delante, lamía unas tijeras ensangrentadas con un aspecto entre lo macabro y lo burlesco, mientras de su pierna derecha parecía gotear sangre de una herida de colmillos. Este personaje al percatarse de la presencia de los dos nuevos invitados se levantó. Llevaba ropas oscuras, como de labranza, pero parecían quedarle grandes, seguramente fueran del ya muerto padre de familia. Con paso sereno, la cabeza ligeramente echada hacia delante y mirando hacia los dos personajes se dirigió hacia ellos lamiendo el filo de las tijeras aún ensangrentadas y con una voz aguda como de adolescente les murmuró:

- Quiero un traje nuevo...

Alzó la mirada hacia la anciana y se abalanzó sobre ésta. Mientras el niño salió corriendo por el corredor hacia fuera de la casa. Cuando salió vio delante de la puerta los cuerpos de los dos perros degollados y en especial uno de ellos, el cual estaba abierto en canal. El chico salió corriendo como alma que lleva el diablo. El corazón le retumbaba en el pecho con cada paso que daba y su respiración agitada dejaba un efímero rastro de vaho en el frío aire de la noche. Cuando llevaba unos cuantos metros recorridos se topó con lo que parecían las ruinas de una antigua ermita. Sin pensárselo dos veces entró y se refugió debajo del altar.

Mientras tanto en la cocina del caserón la escena era digna de un sueño del más macabro escritor de novelas de terror. El cuerpo de la anciana casi totalmente despellejado y degollado colgaba de un gancho de carne del techo de la estancia. El autor de tal acto salió de la casa en busca del chico, no sin antes echarse al hombro lo que parecía ser una especie de capa sangrienta hecha a base de la piel de la anciana. El chico se encontraba temblando, helado y aterrorizado debajo del altar de la ermita derruida. Serían alrededor de las seis de la madrugada cuando del exterior de la construcción comenzaron a llegar el sonido de unos pasos sobre la tierra seca y un tarareo de canción a modo de marcha fúnebre. De pronto los pasos y la melodía sonaron con mas eco, quién quiera que fuera el autor estaba dentro de la ermita. El niño permaneció en silencio, luchando por que el ruido del rechinar de sus dientes por el frío y el terror no delataran su pequeño escondite. De golpe el silencio sepulcral de los pasos y de la canción se unió al de la capilla. El niño asomó la cabeza con precaución para mirar si de nuevo se encontraba solo cuando un relámpago iluminó la cara sonriente con los ojos muy abiertos del asesino frente al rostro de espanto del niño.

- Te encontré – dijo en tono jovial como si estuviese jugando a un juego.

El grito del chico se fundió con el estruendo del trueno del exterior. Un gran manto de agua comenzó a caer en esos momentos y duró hasta las ocho de la mañana más o menos.
Uno de los trabajadores del cortijo llegó a este pasados unos minutos de las ocho y media de la mañana nublada. El aire corría tan frío y húmedo que se calaba en cada uno de los huesos del cuerpo. El trabajador al ver que tanto el camino de entrada al cortijo como los alrededores estaban embarrados decidió esperar a sus otros compañeros de labranza. Pasaron unos diez minutos cuando un Land Rover de color verde militar se presentó en la entrada del camino al Cortijo Jiménez con cinco hombres en su interior. Los seis trabajadores se adentraron en los fangosos terrenos de la hacienda hasta llegar a la puerta principal del caserón. Cuando bajaron del coche divisaron los cuerpos de los dos perros cubiertos por las moscas. Al ver esto y dado que el padre de familia no había salido aún a recibirles como era de costumbre entraron en la casa tres de los hombres. Lo primero que vieron al llegar a la cocina fue el torso acuchillado de la pequeña y el bulto de carne en que se había convertido el cuerpo ensangrentado de la anciana colgado del gancho en el techo. Todo estaba cubierto por las moscas. Después entraron en el cuarto de los padres y la escena no se distanciaba mucho de la anterior. Aterrados salieron del caserón y uno de ellos cogió una pequeña motocicleta que tenía el dueño de la casa y fue corriendo a avisar a las autoridades.

Pasado un rato tres patrullas de la Guardia Civil se presentaron en el lugar de los hechos. Examinaron los cadáveres, la casa, los corrales y sus alrededores ayudados por los labradores, pero faltaba alguien... el hijo mayor no aparecía. El grupo aumentó la zona de rastreo en busca del infante hasta que llegaron a la ermita. Dos guardia civiles entraron en las ruinas del templo y al momento uno de ellos salió corriendo con la cara totalmente desencajada. Los ojos desorbitados y la palidez de su rostro eran el reflejo de lo que dentro se encontraba. Aún en su interior el otro guardia civil miraba con expresión atónita y las manos y las piernas temblorosas la dantesca escena. Sobre el altar, una antigua y rudimentaria cruz de madera sin cristo se alzaba apoyada en la pared del ábside central y el altar. En el lugar del Mesías se encontraba otra figura crucificada con cuatro clavos oxidados y bañados en sangre con los brazos y las piernas atados con cuerdas a la cruz. El cuerpo sin vida del niño se mantenía sobre la cruz de madera negra carcomida y húmeda, con el vientre desgarrado y manando entrañas.

Pasaron los días, los meses y los años, y el asesino nunca fue detenido. Se rumoreaba que durante la Guerra Civil existía un curioso personaje que vagaba de un lugar a otro y allí por donde pasara un escalofriante crimen quedaba como marca de su paso. Varios fueron los crímenes que durante el conflicto se le otorgaron a este macabro asesino, pero nunca nadie pudo dar con exactitud su paradero. Nadie supo que fue, dónde y cómo acabaron los días del Asesino de la Tijeras.

2 comentarios:

Waaaau...

Genial, quiero que continues. Me ha encantado, menudas escenas, son geniales, las mias no son tan sadicas. En serio, me encanta, ¿y dices que esto es el prólogo?¿A que esperas para poner el primer capitúlo. Lo espero con ansias. ^^

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