"Arromboidéese sobre el diván y disfrute de su filete frito sobre roca del Sáhara con extractos de moho amazónico, mientras lee posts de lo más interesantes"

6 oct. 2010

Bajo el Umbral Capítulo 1 - Cambios

Buenas de nuevo, pues haciendo caso a las peticiones aquí os dejo el primer capítulo de mi libro Bajo el Umbral. Os aviso que los primeros capítulos no son tan macabros como el prólogo puesto que voy introduciendo historia y situación. También informar que el libro aun no esta acabado creo que iba por el capitulo 3 asi que puede que se hagan esperar las siguientes entregas. Por el momento os dejo con el capitulo 1 - Cambios, espero que os guste y... hasta la próxima luna llena.

CAPITULO 1 - CAMBIOS

Eran las tres de la tarde y el termómetro de la calle marcaba veinte grados en un día nublado de enero. Una marea de automóviles se movía como si de un único ser se tratase por una de las calles mas concurridas de la capital cordobesa.

- Si, soy yo, Alex. Que acabo de salir del trabajo, estoy por Ronda de los Tejares. Voy en el coche y puede que tarde un poco en llegar esto está lleno de gente. Un beso, hasta ahora.

Alejandro colgó su teléfono móvil y se quedó mirando al semáforo. Sus ojos marrones esperaban con impaciencia el cambio de la luz roja a verde. La desesperación se estaba empezando a adueñar de su cuerpo de veintiocho años y se pasó la mano por su pelo moreno corto a juego con su pequeña perilla de chivo. El semáforo cambió y ya fuera de la famosa avenida, Alejandro circulaba por una de las tantas calles que conforman el barrio de Ciudad Jardín en su Seat León negro cuando su móvil volvió a sonar. Puso el manos libres y contestó.

- Alex. –dijo una voz al otro lado del auricular.

- Dime Yolanda.

- ¿Vas a tardar mucho en llegar?

- No enseguida estoy ahí, en cuanto aparque.

- Entonces te espero. Besos.

- Chao.

Alejandro giró a la derecha adentrándose en una estrecha calle con naranjos a los lados, como la mayoría de las calles cordobesas. Volvió a girar a la derecha y aparcó en una pequeña calle. Los antiguos edificios se alzaban ensombreciendo el asfalto, el restaurante y el bar que había en la calle estaban cerrando ya sus puertas. Alejandro tomó su cartera bandolera de color negro, su móvil y el periódico del día que llevaba en el asiento del copiloto y salió del automóvil. Sacó las llaves del bolsillo derecho de su pantalón vaquero y abrió la puerta del portal que se encontraba al lado del bar. Era un edificio de tres plantas, sin ascensor y la barandilla de las escaleras era de hierro forjado acompañando al ennegrecido gotéele que bañaba las paredes. A la altura de la segunda planta, Alejandro se detuvo y abrió la puerta del piso B.

- ¡Ya estoy aquí! –dijo cerrando tras de si la puerta y andando por un largo pasillo.

- Ya era hora. –le contestó una chica que salió de lo que parecía ser la cocina del lado derecho el pasillo. Un

delantal le cubría el pecho y las piernas. Soltándose su larga melena negra sobre los hombros miró a Alejandro.

- Lo siento. He tenido que quedarme un rato más en el trabajo. Ha habido un problema con un artículo y me han pedido mi opinión.

Alejandro entró en el pequeño salón decorado con unas cortinas blancas situado al final del corredor. Una mesa de madera se situaba en el centro rodeada de cuatro sillas y dos sofás en una esquina frente al televisor.

- Eso que traes ahí ¿es el periódico de hoy? –le preguntó la chica a Alejandro.

- Si, es el de hoy. –y soltando la cartera y el móvil sobre la mesa le dio el periódico a la chica.

- A ver que es lo que ha escrito hoy mi Alex. –regalándole una mirada fugaz a Alejandro la muchacha comenzó a leer el periódico.

La chica de apariencia veinte añera clavó sus ojos azules en el diario y tras unos minutos asintió con la cabeza, dobló el periódico, lo soltó sobre la mesa y le dijo a Alejandro:

- Muy buen artículo, si. Pero por muy buen periodista que seas eso de entrar en casa sin ni siquiera saludarme te deja muy por debajo de tu nivel.

Alejandro se acercó a la muchacha y rodeándole la cintura con los brazos la miró y dijo:

- Cómo me voy a olvidar de mi Yolanda. –diciendo esto la besó- Por cierto ¿qué comemos?

La muchacha dándole un golpe en el estomago a Alejandro le miró de reojo y con una pequeña sonrisa se dirigió hasta la puesta de la cocina.

- Siempre igual. Pon la mesa que pronto lo verás.

Pasados unos diez minutos Alejandro y Yolanda estaban sentados en la mesa del salón, degustando una sopa sobre un mantel amarillento uno frente al otro.

- Bueno ¿cómo te ha ido en el colegio?- preguntó Alejandro rompiendo el silencio sepulcral que se tejía desde que comenzaron a almorzar.

- La verdad es que en este colegio los alumnos son mas o menos buenos. No me puedo quejar, exceptuando claro a algún personaje.

- ¿Qué colegio era? ¿Nuestra Señora de la Paz?

- No, Nuestra Señora de la Inmaculada. Está en la Plaza de la Compañía, cerca de las Tendillas. Y a ti, ¿cómo te ha ido el trabajo?

- Pues lo normal, la mañana ha estado muy tranquila. No ha habido ninguna noticia así resaltante en la redacción.

- Pero antes me dijiste que había habido un problema con un artículo.

- Eso es que a un compañero de redacción le querían censurar un artículo sobre El Vaticano y su riqueza y me pidieron mi opinión. Menos mal que al final se lo aceptaron.

Yolanda bebió un trago de su vaso de agua, se secó los labios con una servilleta y miró fijamente a Alejandro.

- Por cierto Alex, lo que te comente hace unos días...

- Lo he estado pensando y tienes razón. Pero no es tan fácil encontrar una casa adecuada a nuestras necesidades, y lo mas difícil, a nuestro presupuesto.

- Lo sé pero... Este piso se nos queda pequeño. No tenemos sitio para casi nada. No hay mas que ver como tenemos todos nuestros libros, en cajas, amontonados en el cuarto.

- No te digo que no, solamente que no es fácil. Pronto me darán vacaciones en el periódico, entonces me dedicaré a buscar alguna casa.

El día pasó seguido de la noche, y a la mañana siguiente Alejandro llegó como de costumbre a la redacción del periódico Córdoba a eso de las nueve. Cuando entró en la habitación repleta de compañeros periodistas que ya se dedicaban a trabajar en sus mesas y yendo de aquí para allá con algún papel entre sus manos, se dispuso a dejar su portátil sobre su mesa de escritorio desbordada de documentos amontonados de artículos ya perdidos en el tiempo. Uno de sus compañeros alzó la vista del teclado de su ordenador y colocándose las gafas con un gesto de su mano derecha.

- Alejandro, Paco quiere verte en su despacho enseguida.

- De acuerdo, ahora voy gracias.

Don Francisco, o Paco como le llamaban sus mas allegados, era el director jefe del periódico. Su mirada serena, sus ojos grisáceos como el poco pelo que rodeaba su calva, sus finas gafas y su voz sonora y ronca curtida en muchos años de experiencia propia de un hombre de cincuenta y tantos años, transmitían su confianza y profesionalidad. Era uno de los mas antiguos miembros del periódico y si algo o alguien se salía de las normas marcadas tendría que dar cuentas ante él. Alejandro llamó a la puerta del despacho y entró. De las paredes colgaban múltiples recortes de artículos amarillentos por el paso de los años, diplomas junto con fotos en blanco y negro y en color de antiguos equipos de redacción. Una pequeña librería se erguía en la pared derecha de la habitación. En el centro, la mesa del jefe delante del ventanal que daba a la calle. En la silla de delante del ventanal estaba sentado Paco, vestido con una camisa, unos pantalones de pana marrones y con un reloj de cuarzo en su muñeca derecha.

- ¿Me ha llamado Don Francisco? –dijo Alejandro estando de pie delante de la mesa cubierta de papeles y el ordenador.

- Claro Alejandro, siéntate –contestó Paco mientras Alejandro tomaba asiento en una de las dos sillas tapizadas en rojo y de estructura metálica que se encontraban delante del escritorio.- Verás Alejandro tenía que hablar contigo de un tema un poco delicado.

- Sé lo que me va a decir Paco, pero creí y creo que el artículo de Ventura sobre el Vaticano tenía muy buen nivel. Y no me parece justo que le censuren ya que demasiado hemos luchado para conseguir salir de esas cadenas que frenaban la libertad de prensa.

- ¿Qué? No, no, tranquilo. –dijo haciendo un gesto de negación con la mano derecha- Me parece muy bien el artículo de Ventura. No es eso de lo que quería hablarte.

- Entonces usted dirá. –contestó Alejandro sorprendido.

- Verás Alejandro –Paco se quitó las gafas y se apoyó con sus antebrazos sobre la mesa mirando a Alejandro- Me ha llegado la oferta de una editorial para que uno de mis periodistas pueda publicar un libro. Verás, eres uno de los mejores periodistas con los que me he cruzado en mis años de trabajo aquí y en mis anteriores puestos, y Dios sabe que te tengo mucho aprecio.

- Gracias Paco yo...

- Déjame terminar. Nadie de los de redacción saben de esto y pensé que tú podrías aprovechar esa oferta. Pagan bastante bien y además daría un prestigio bastante provechoso al periódico.

- Gracias pero no sé si puedo aceptar tal encargo. Ahora mismo entre el trabajo, mi novia...

- No te preocupes por eso. Tómate el tiempo que necesites. Tienes hasta un año de plazo, además a partir de hoy tienes tres meses de vacaciones.

- ¿Tres meses? Pero mi nómina...

- Te la seguiremos ingresando como siempre. Tú dedícate a la novela.

- Pues no sé que decir...

Paco se levantó y le puso la mano a Alejandro sobre el hombro.

- Dime que te vas ahora mismo a dejarlo todo preparado para cuando te vayas.

- Bueno entonces gracias de nuevo Paco, iré a dejarlo todo preparado.

- Así me gusta.

Los dos hombres se estrecharon la mano, luego Alejandro abandonó el despacho dejando tras de sí a Don Francisco de nuevo inmerso en sus documentos. Pasó la mañana sin mayores altercados en la redacción del periódico. Así pues, a las dos de la tarde Alejandro ya se encontraba en su Seat León negro camino a casa de su cuñada por la famosa avenida de la Rivera. Los coches se agolpaban por la calle de un solo carril y mientras el sol dejaba caer sobre la ciudad un manto de calor impropio de esa época del año. Pasados unos diez minutos el coche ya estaba aparcado a un lado de la Avenida de Barcelona y Alejandro subía por un antiguo ascensor de un piso tan antiguo como el suyo, solo que esta vez llegó hasta la cuarta planta del edificio. Cuando bajó del ascensor llamó con los nudillos a la puerta caoba de un piso que se acurrucaba en la parte izquierda del rellano de la escalera alumbrada débilmente por una luz anaranjada que colgaba del techo. Al llamar a la puerta se oyó el ladrido de un perro grande, posiblemente un labrador, y así se confirmó cuando la puerta se abrió. Yolanda apareció detrás de ésta y un labrador de color café con leche salió de la casa poniendo sus dos patas delanteras sobre Alejandro que tuvo que hacer un esfuerzo para no caer ante la fuerza del can.

- ¿Y esto? –preguntó Alejandro luchando con el labrador que intentaba lamerle el rostro.

- ¡A que es mono! –le contestó Yolanda con aire entusiasta- Se llama Nico, me lo ha regalado mi hermana.

- Bueno, regalo o no ¿puedo entrar?

El perro entró corriendo en el piso y Alejandro entró seguidamente dándole un beso a Yolanda cerrando tras de si la puerta. Se encontró en un pequeño recibidor con una puerta a la derecha que daba a un amplio salón con una mesa en su centro, dos sofás a la izquierda y un televisor enfrente de ellos. Una ventana por la que entraba la luz del sol de la tarde se encontraba a la izquierda del televisor y en la pared de enfrente había un viejo sofá al lado de un largo pasillo en la esquina izquierda de la habitación que daba paso a los dormitorios, el baño y la cocina. Alejandro y Yolanda pasaron al salón donde la hermana de Yolanda, una mujer de aspecto juvenil, mas alta que Yolanda, de cabello castaño recogido en una coleta y vestida con una camiseta negra y pantalones blancos.

- Ya era hora de que llegaras ¿no Alex? –dijo la mujer fijando sus ojos marrones sobre Alejandro.

Éste dejó su portátil sobre el viejo sillón y le contestó con una sonrisa irónica en la cara.

- Perdona Verónica. No todos tenemos la suerte de trabajar en una inmobiliaria a cincuenta metros de nuestra casa.

- Tienes excusas para todo ¿verdad? No sé como mi hermana sigue contigo, esperemos que Nico te soporte igualmente.

- Ahora entiendo porqué nos lo regalas. El pobre chucho no te aguanta ¿eh? – Alejandro comenzó a reír.

Yolanda luchaba por no romper a carcajadas y a Verónica se le hacía difícil no mostrar una sonrisa ante la improvisada respuesta. Entonces del largo pasillo de la izquierda salió una mujer anciana, de pelo canoso y ojos grises, enlutada en un delantal blanco y secando un plato entre sus manos. Su cara era el mismo rostro de la amabilidad y, aunque arrugada, su sonrisa transmitía calor y ternura.

- Hay que ver que siempre estáis igual ¿eh? –dijo la anciana sonriendo y moviendo levemente la cabeza hacia los lados.

- Mamá si estos en el fondo no pueden estar el uno sin el otro. –añadió Yolanda mientras terminaba de colocar los cubiertos y los vasos sobre la mesa del salón para almorzar.

- Perdone Mercedes pero su hija parece divertirse pinchándome –contestó Alejandro mientras se quitaba la chaqueta de cuero negro que llevaba puesta.

- Bueno pues dejaros de tonterías y sentaros que ya está la comida. –dijo Mercedes señalando a la mesa y entrando seguidamente a la primera puerta a la derecha del pasillo, la cocina.

Alejandro se sentó en una silla en el lado de la mesa que pegaba a la ventana. A su derecha se sentó Yolanda y a su izquierda Verónica, dejando delante suya un asiento libre para Mercedes. Ésta trajo de la cocina dos platos de vidrio marrón, a juego con los vasos, con una chuleta de cordero y patatas fritas en cada uno. Uno de ellos lo puso delante de Alejandro el otro en frente de Verónica. Después volvió a entrar en la cocina y trajo otros dos platos con igual menú que colocó en su sitio y en el de Yolanda. En un tercer viaje a la cocina, Mercedes trajo una fuente transparente de ensalada de lechuga que puso en el centro de la mesa, encima de un mantel amarillento con flores rosadas que tenía el aspecto de haber presenciado ya muchas cenas de fin de año. También trajo una jarra de agua que Alejandro tomó y comenzó a repartir su contenido entre los cuatro vasos dejando lo restante al lado de la ensalada y el pan. Niko también había recibido su ración de pienso para perros y agua que tomaba pacientemente en uno de los rincones del salón, pegado a otro ventanal que daba paso al balcón sobre la calle. Los cuatro comenzaron a comer entre el ruido de coches proveniente de la calle, de cuchillos y tenedores al chocar contra los platos y del sonido del perro al masticar el pienso y al beber agua. Al poco rato Verónica dejó de comer, se limpió los labios con una servilleta y le dijo a Yolanda:

- Por cierto Yoli, te he traído algo.

- ¿El qué? –contestó Yolanda dejando de almorzar y tomando un sorbo de su vaso de agua mientras miraba a su hermana.

- Unos papeles sobre una casa que encontré en el trabajo. Como me comentaste todo el tema de que estabais buscando casa pensé que posiblemente os interesarían.

- ¡Claro que sí! –contestó Yolanda con entusiasmo - ¡A que sí Alex!

- Hombre, habría que verla. –dijo Alejandro que ya había terminado de almorzar y apuraba las ultimas gotas de su vaso de agua – Date cuenta que tampoco andamos sobrados de dinero.

- Por eso mismo os los he traído. Es una casa antigua pero fue reformada varias veces. Está cerca del Campus de Rabanales.

- Demasiado apartada creo yo –intervino Yolanda.

- Un momento –interrumpió Alejandro- Entonces será muy tranquila ¿no?

- Bastante –contestó Verónica – solo hay algunas casas cercanas ya que la urbanización acaba de empezar a construirse. Por lo visto era una antigua casa de campo pero pasó a manos de una importante familia cordobesa y la transformaron en su residencia habitual.

- Bueno basta ya. –interrumpió Mercedes – Terminar de comer, recoger y después habláis de lo que tengáis que hablar.

Todos terminaron de comer y recogieron la mesa. Serían alrededor de las cinco de la tarde y Alejandro estaba apoyado sobre la baranda del balcón fumando un cigarrillo, mientras en la mesa del salón Yolanda y Verónica se encontraban sentadas charlando.

- Éstas son las fotos de la casa, aunque sería mejor que la vierais en persona porque las fotos son algo antiguas. –Verónica sacó al mismo tiempo que hablaba tres antiguas polaroid de una carpeta marrón llena de papeles que sostenía sobre sus piernas.

Soltó las fotografías sobre la mesa y a continuación hizo lo propio con un puñado de documentos de color blanco amarillento típico de un papel de hace varias décadas. Yolanda tomó las polaroid y se dispuso a observarlas con los codos clavados sobre el cristal de la mesa. Las miró durante unos instantes y después habló.

- ¡Es preciosa! –exclamó echándose hacia atrás sobre la silla – En serio, es... es muy bonita.

En ese instante Alejandro se acercó por detrás de Yolanda y esta le pasó una de las polaroid. Él la cogió con su mano derecha y la miró detenidamente.

- ¿Seguro que es tan barata?

- Os lo aseguro –contestó Verónica mientras observaba los papeles que había depositado sobre la mesa – Yo también me extrañé al ver el precio pero por lo visto lleva muchos años deshabitada y supongo que con el afán de venderla le pusieron ese precio tan bajo.

- Pero es que parece increíble que este caserón cueste solo un poco más de lo que nos costó nuestro piso –dijo Alejandro dejando de observar la fotografía que aún sostenía en sus manos.

La fotografía mostraba la fachada de una casa antigua. Un pequeño porche guardaba la puerta de entrada a la casa hecha de ladrillo en sus cimientos y pintada de blanco en lo demás de su estructura. Dos ventanas con rejas negras de motivos vegetales se encontraban a cada lado de la entrada y en el segundo piso se distinguían cinco ventanas iguales a las del piso inferior. El tejado cubierto por tejas del mismo color que los ladrillos se culminaba con una chimenea en el lado izquierdo coronada por una antigua veleta oxidada por las numerosas lluvias que había de haber soportado. La casa tenía una pequeña caseta en su lado izquierdo posiblemente usada como cochera. De los tres escalones que bajaban de la puerta principal salía un camino de grava que se perdía por la parte inferior de la imagen, y a ambos lados del camino varios jardines con rosas y demás flores, junto con varios árboles pequeños que luchaban por no sucumbir a la sequía que ya había transformado a varios de ellos en troncos secos y arrugados, se acurrucaban entre matas de malas yerbas y arbustos. Tres álamos grandes y robustos se alzaban vigilantes a la derecha del caserón. Yolanda le pasó la segunda fotografía a Alejandro que aún se encontraba de pie detrás de ella. En esta imagen se distinguía la cancela de entrada a la finca, una verja oxidada con los restos secos de lo que parecía ser alguna planta trepadora entre sus barrotes cerraba el paso por el mismo camino que se veía en la anterior fotografía. También se podía ver una pequeña fuente de piedra dentro del jardín. Tenía forma de ángel arrodillado con las manos apoyadas en el pedestal y cabizbajo. De donde se apoyaba salían cuatro caños, ahora secos, de agua que vertían sobre la media esfera de la fuente. La piedra estaba ennegrecida por el efecto de la lluvia y el viento, y buena parte de ella estaba cubierta por el moho. Una elevada tapia de piedra gris rodeaba completamente toda la finca.

- Que aspecto mas tétrico – comentó Alejandro frunciendo ligeramente el ceño.

- Eso es porque está deshabitada – respondió Yolanda – Todas las casas así tienen ese aspecto de... embrujada, pero ya somos algo mayores para creer en esas bobadas ¿no?

Yolanda comenzó a reír levemente y le pasó la última de las polaroid a Alejandro que ya sentado la observó con detenimiento. Esta vez la foto era del interior de la casa, de lo que parecía ser el recibidor. Una escalera de madera se veía al fondo subir hacia la izquierda. La barandilla continuaba por el borde de la segunda planta. Tanto a la izquierda como a la derecha del piso inferior se veían dos puertas y bajo el pasillo que hacía el hueco de la escalera, se podía distinguir otra puerta mas a la derecha y una débil luz que entraba a través de la cortina apoliyada de la ventana del fondo del corredor, y a su izquierda el pasillo parecía seguir. Una moqueta verde se extendía por el suelo de madera polvorienta y en las paredes apenas se podía distinguir el color vainilla de la pintura detrás de las telas de araña y el polvo. En el rincón del giro de la escalera se arrinconaba algún tipo de mesita tapada con una sábana blanca. También pendían de las paredes varios apliques dorados de dos lámparas cada uno que luchaban por sujetarse al muro soportando el peso de tanta suciedad. Con uno de ellos en la pared izquierda, dos en la derecha, uno mas en el pequeño rellano de la escalera y junto con la lámpara de araña de tres lámparas que colgaba del techo, a la altura de la segunda planta, formaban un ambiente señorial que se transmitía por la estancia.

- Sería un gran trabajo. Entre limpiarla, ordenarla y arreglar los desperfectos que pudiera tener se nos iría una vida. – dijo Alejandro soltando las polaroid en la mesa y mirando a Yolanda.

- No hay problema. –intervino Verónica –De la limpieza y lo demás, menos la mudanza claro está, se ocuparía la inmobiliaria puesto que lleva mucho tiempo deshabitada.

Cuando Verónica terminó de hablar cogió las fotografías d encima de la mesa y las volvió a meter en la carpeta marrón. Alejandro permanecía callado mirando hacia Yolanda, y ésta a su vez mirando a Verónica.

- Supongo que antes tendríamos que verla.

- Claro que sí, tú estate tranquila. –y le puso la mano derecha sobre la izquierda de Yolanda - Mañana mismo doy la orden de que la preparen para que pueda ser vista y dentro de dos o tres días podemos ir a verla.

- Antes mencionaste que había pertenecido a una familia de la burguesía cordobesa. –dijo Alejandro rompiendo su silencio.- ¿Se puede saber quién?

- Según los archivos que nosotros tenemos... –Verónica hablaba mientras buscaba algo entre el montón de papeles que tenía sobre la mesa.- Aquí está. – dijo sacando unos cinco o seis folios unidos por una grapa. – Según los archivos perteneció a la familia de Montijano, concretamente la dueña de la casa.

- ¿Y no dice por qué se quedó abandonada?

- Pone que fue expropiada y puesta en venta hace varios años. No dice nada mas. –dejó de mirar los papeles para mirar a los novios- Bueno entonces ¿vais a ir a echarle un ojo al menos?

Yolanda miró a Alejandro y este dijo:

- Bueno que remedio. Tampoco nos hará daño echarle un vistazo.

- Pues decidido. Dentro de unos días os llamo y vamos a verla.

Y diciendo esto Verónica tomó los papeles y los volvió a meter en la antigua carpeta marrón.

El reloj de la radio del Seat León marcaba las nueve de la tarde cuando Alejandro y Yolanda regresaban a su piso con el labrador sentado en los asientos traseros del vehículo mientras sacaba la lengua y miraba por la ventanilla las farolas pasar rápidamente.

- Ahora que estamos solos ¿qué te parece la casa?

- La verdad es que es lo que buscábamos. Tendremos espacio para nuestros libros y además nos la podemos permitir.

- Por cierto se me había olvidado. Me han dado vacaciones en el periódico.

-¿Pero si todavía falta un mes por lo menos?

-Si pero Paco me ha dado tres meses de vacaciones, me seguirá pagando el sueldo y me ha dado la oportunidad de escribir un libro para la oferta que una editorial le ha ofrecido.

- ¡¿En serio?!

- Si de verdad.

- ¡Ay mi niño! – Yolanda comenzó a besar a Alex en la cara, abrazarlo y a realizarle toda clase muecas en la cara.

- ¡Yolanda que nos la pegamos!

- ¡Eso es estupendo!

- ¿Que nos demos una ostia?

- No, lo del libro. Es genial. – el labrado comenzó a ladrar debido a las voces de Yolanda. – Mira hasta Niko se alegra. ¿A que si?

- Lo que faltaba...

Llegaron al piso y tras cenar, Alejandro se sentó en el pequeño balcón sobre la calle con su portátil en su regazo. Serían alrededor de las once y media. En la calle el tráfico era fluido y algún autobús aparecía de vez en cuando con el característico sonido que suelen hacer el detenerse en una parada. Las farolas encendidas eran los únicos focos de luz junto con la pantalla del propio portátil. En el cielo alguna estrella se dignaba a aparecer tímidamente para segundos después volver a ser eclipsada por las nubes grises. Un viento frío pero de poca intensidad arrastraba el humo del cigarrillo que Alejandro tenía en la boca. Antes de crear un nuevo documento de texto en la pantalla del escritorio del ordenador, Alejandro se colocó bien un par de gafas que solía usar para leer y escribir. “Parece que me han aumentado las dioptrías” murmuró para sí. Aunque el oculista dijo que las usara siempre él se había mostrado reacio frente a las indicaciones del doctor y solo las usaba cuando leía. “Si Yolanda se entera me echará la bronca. Lo mejor será que me deje de pegos y me las ponga siempre” volvió a pensar, “Es como dice ella que hasta que no le veo las orejas al lobo...”

A lo lejos se comenzó a oír una sirena de policía que parecía acercarse. Pasados unos segundos se pudo ver que era una ambulancia y no un coche patrulla. Alejandro inclinó un poco la cabeza sobre la baranda del balcón empujado por la curiosidad típica que todos sentimos cuando oímos una sirena. Al regresar a su posición normal dio un respingo sorprendido por encontrarse junto a él al labrador, que había asomado la cabeza entre los barrotes del balcón atraído por el agudo sonido de la ambulancia. Cuando el perro regresó dentro del piso, el hombre tiró la colilla al macetero vacío del balcón y sacudió la cabeza para romper la distracción del estruendo de la ambulancia que se alejaba y concentrarse.

- Vamos a ver... – vaciló- ¿De qué podría ir el libro?

Daba suaves toques con los dedos sobre el teclado, símbolo de la duda y la impaciencia. Apoyó el brazo izquierdo sobre el reposabrazos de la silla y se sujetó la cabeza con semblante pensativo. Dentro del apartamento todo estaba a oscuras exceptuando la lámpara del salón que lo iluminaba todo con un as amarillento, y solo el sonido de vasos y platos en la cocina junto con las pisadas del perro contra el suelo acompañaban el silencio del resto de la casa. Alejandro miraba ensimismado la pantalla del ordenador donde el cursof parpadeaba en un documento en blanco. En su cabeza una batalla de ideas se estaba librando. Tan rápidos como un fogonazo argumentos venían a su mente y tras estudiarlos acababan descartados. ¿Qué escribir? ¿Qué argumento darle al libro para hacerlo atractivo al lector sin caer en los tópicos de argumentos sobre obras de arte con mensajes secretos, conspiraciones eclesiásticas y demás que asolaban las novelas de entonces? ¿Una novela de amor? Demasiado cursi. ¿Policiaca? Demasiado de los 80. De pronto algo se estancó en su perspectiva.

- Leyendas urbanas. – dijo en voz baja sonriendo.

Como periodista especializado sentía desde hace años gran interés por temas relacionados con las típicas leyendas urbanas como la clásica chica de la curva o el saca mantecas. Entonces recordó que hace unos dos años realizó una conferencia sobre eso mismo, leyendas urbanas de España. Sin meditarlo más comenzó a teclear en su portátil con la soltura propia de un escritor. A lo lejos se oyó un reloj que marcaba las doce de la noche. Alejandro llevaba escritas algunas páginas cuando de pronto Yolanda se le acercó por detrás abrazándole y poniendo su cara junto a la de él.

- Ya tienes argumento ¿eh?

- Si, esperemos que sirva para darle coba a la trama.

- ¿Y puedo saber de qué trata?

- Eso será una sorpresa, no tendría emoción que lo leyeras sabiendo de que trata.

- Bueno por ahí te vas a escapar. Voy a acostarme, mañana tengo clase a primera hora ¿vienes?

- No me quedaré un poco más ahora que le he cogido el hilo.

- De acuerdo, pero no tardes.

Los dos se besaron y Yolanda entró en el piso, mientras Alex siguió tecleando ensimismado. La noche comenzaba a tornarse fría, algo normal para una madrugada de finales de enero en Córdoba.

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